Retrato a lápiz de Jose Serralvo

Episodio 001 51 min

Jose Serralvo sobre la vida y obra de Roberto Bolaño

Entrevista con el autor de la primera biografía de Bolaño, «En la sombra de los perros románticos».

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Portada de «La sombra de los perros románticos» junto a un retrato de Jose Serralvo

Mi reacción al ver que se había publicado “la primera biografía de Roberto Bolaño” fue 1) sorpresa al saber que no se había escrito antes otra biografía de él, pues su vida tiene material de sobre para eso; y 2) comprarla inmediatamente. Y valió la pena completamente, pues “La Sombra de los perros románticos” cuenta la historia de Bolaño con un nivel de detalle sin precedentes, y aclara algunos de los misterios más importantes de su vida causados por… el mismo Bolaño, que siempre inventaba cosas o a veces, derechamente vendía humo. Además, se nota que su autor, Jose Serralvo, tiene una buena mano de novelista, pues el libro está escrito de una forma muy placentera y leíble. Leí el libro entero en un par de días solamente. Más que recomendado.

Jose tuvo la amabilidad de conversar con Nóctulo Pódcast para una entrevista. Además de ser escritor, también es jurista, especialista en derecho internacional. Ha publicado dos novelas, Los elegidos y El niño que se desnudó delante de una webcam. En el primer episodio de Nóctulo conversamos con él, desde Ginebra, sobre los misterios de Bolaño: la cárcel en Chile en 1973, los infrarrealistas, los años oscuros de Girona, el final inconcluso de 2666 y un legado que no deja de crecer.

A continuación la entrevista en formato pódcast, y una versión transcrita y abreviada de la misma.

Lo que no entró en el libro

Leí que buena parte del material de tu investigación no llegó a la edición final. ¿Qué anécdota de Bolaño te hubiera gustado incluir?

Hay dos que me gusta mucho contar, pero no encontré el momento de meterlas en la biografía de una forma armónica, que calzara con lo que se estaba contando en ese punto de la historia. Una es que, cuando Bolaño vivía en Los Ángeles, en el sur de Chile, era vecino de unas hermanas, las hermanas Saldivia. Su casa salió ardiendo, y ellas contaron después que Bolaño entró en mitad del incendio, tipo superhéroe, para ayudarlas a salir, y que luego volvió a entrar para rescatar algunas cosas. Siempre me ha parecido una imagen curiosa: un Bolaño adolescente en plan superhéroe.

La otra me la contó el poeta chileno Jaime Quezada. Cuando Bolaño vivía en la calle Samuel, en el Distrito Federal, varios poetas, entre ellos el propio Quezada, se reunían de vez en cuando para hacer sesiones de espiritismo que promovía un poeta salvadoreño. Pero Quezada me aclaró que Bolaño no creía en esas cosas: para él eran una excusa para estar con los amigos, tomarse unas cervezas y comerse un par de enchiladas.

La vida de Bolaño ha sido hiperestudiada. Hay pódcasts sobre su infancia en Los Ángeles, libros sobre el infrarrealismo —el movimiento poético que funda en México—, documentales sobre su etapa en Cataluña, artículos académicos sobre su influencia en la obra de Javier Cercas, o la de Cercas en la suya. Un profesor chino se puso a investigar los ecos del cine de David Lynch en 2666. Hay reportajes sobre su paso por las prisiones de Pinochet. Fue una vida tan estudiada, pero de forma tan fragmentaria, que lo que me interesaba era reunir esa cantidad ingente de materiales en un relato coherente, que además tuviera el pulso narrativo de una novela. No quería una biografía académica, aburrida y exhaustiva, que nadie quiere leer: quería que se leyera con el ritmo de la buena literatura. Creo que eso es lo que le habría gustado al propio Bolaño.

Ocho días en Concepción

Aun así, quedan misterios en su biografía, y el ejemplo más canónico es su estadía en Chile en la época de la Unidad Popular. ¿Tiene que ver con su tendencia a exagerar, o derechamente a inventar, detalles de su vida?

Sí. Hay muchas lagunas, porque él no dudó en tergiversar su propia historia para darse una pátina de romanticismo, de prestigio o de aventurero.

Sobre Chile había testimonios encontrados, hasta el punto de que un periodista del New York Times llegó a escribir que Bolaño no estuvo allí en 1973. Las cartas que mandó a su familia en México lo dejan fuera de duda: estuvo. La otra gran incógnita era si había estado preso en las cárceles de Pinochet, y el mérito de haberla despejado de forma irrefutable es del periodista chileno Juvenal Rivera, que me ayudó mucho con el libro.

Un Bolaño de veinte años llega a Chile y va a Concepción a ver a su mejor amigo de la adolescencia, Fernando Fernández Merino. Cuando vuelve a Mulchén, donde tenía familia, el autobús se detiene en un retén militar. Uno puede imaginarse la escena: un Bolaño greñudo, sin afeitar, con un cinturón de balas —qué ocurrencia— y un acento que no calzaba con el chileno, en un momento en que se sospechaba que Fidel Castro había enviado cubanos a sabotear el gobierno de Pinochet. Él dice: «Soy chileno», pero tiene acento extranjero. Se lo llevan a la comisaría.

Allí ocurre una coincidencia que parece sacada de un libro suyo, pero que después verificó otro periodista chileno: dos de los guardias habían sido compañeros suyos en el Liceo de Hombres de Los Ángeles. Eso le valió un trato más humano y una credibilidad que otros presos no tenían. Pudo llamar a casa de su amigo, y la madre de Fernando fue a la comisaría a confirmar que era un estudiante, no un revolucionario, y le llevó el pasaporte desde Mulchén. Lo dejaron salir después de ocho días.

Ocho días parece una minucia, pero en una prisión donde sacan a gente y algunos vuelven golpeados, sacan a gente y oyes gritos, sacan a gente y algunos no vuelven, uno puede imaginar la angustia. La Guerra Fría y las violencias de América Latina marcaron mucho la obra de Bolaño, pero creo que esos ocho días fueron fundamentales para la forma en que aprendió a mirarlas.

Roberto Bolaño joven, asomado entre unas barras metálicas

Una vida de novela

Confieso que yo era de los escépticos de ese viaje a Chile: todo me parecía demasiado conveniente, justo el tipo de historia que Bolaño habría inventado. Tu libro, con las cartas y los testimonios, me convenció. ¿Parte del escepticismo viene de que su vida, simplemente, parece de ficción?

Sí. Me gusta recordar que Bolaño nació en 1953, el año en que comienza la Revolución cubana, y que su vida va a estar marcada por las violencias de la Guerra Fría. Su familia se muda a Ciudad de México en 1968, el año de la matanza de Tlatelolco; después vienen el viaje por Centroamérica, donde conoció a guerrilleros salvadoreños, y la llegada a Chile justo antes del golpe.

Y hay otras dos etapas que, para mí, darían cada una para una novela de trescientas páginas. Una es el infrarrealismo, esa vanguardia casi inverosímil que crea en Ciudad de México con unos poetas muy pintorescos que va agarrando aquí y allá, en un bosque, en un taller de poesía, en un bar. Estilísticamente no tenían casi nada en común, pero los unía la idea de hacer la revolución a punta de verso y de performance: eran famosos por reventar los actos de poetas como Octavio Paz. La poeta mexicana Carmen Boullosa, que entonces estaba en la escuela de Paz —aunque al final se hizo muy amiga de Bolaño—, contó que le daba pánico dar un recital, porque nunca sabía cuándo iba a llegar un infrarrealista a gritarle que aquello era un acto burgués.

La otra es la mudanza a España, en el 77, después de una ruptura muy dolorosa que lo llevó a un intento de suicidio. Allí ya estaban su amigo Bruno Montané, su madre y su hermana. Esa primera década parece sacada de William Burroughs o de John Steinbeck: encadena un trabajo precario tras otro, lo que él llamaba, con sorna, «oficios de sudaka», con k. Fue vendimiador, vendedor de bisutería, mayordomo, pescador; cargó fruta en Mercabarna, vendió altramuces en un mercadillo y fue, por supuesto, vigilante de camping. Todo era una excusa para ganar un poco de dinero y poder leer y escribir, que era lo único que le interesaba. Tuvo unas vidas tan disonantes entre sí que lo extraño es que no hubiera un libro sobre esto antes.

Los infrarrealistas

Hoy los infrarrealistas son quizás más famosos por sus travesuras y sus performances que por lo que escribieron; hay quien los describe como un grupo de matones, casi de mafiosos. ¿Qué piensas de ellos en lo puramente literario?

No he leído a todos los infrarrealistas, pero entre los que he leído sí hay cosas de mucha valía. Pienso en Mario Santiago, de quien hay un libro de poemas que se editó con ayuda de Bruno Montané, otro infrarrealista. Para mí es claramente un grandísimo poeta. Era alguien que prácticamente no concebía la vida fuera de la poesía, y le interesaban temas que recuerdan mucho a Bukowski o a los beatniks: las drogas, la prostitución, todo lo marginal, el yonqui, el camello. Desde esos márgenes, que eran su lugar natural para experimentar la vida, consiguió una poesía de una originalidad enorme.

Mario Santiago era alcohólico, y en parte murió por eso. Murió atropellado en Ciudad de México, pero ya lo habían atropellado varias veces, porque iba borracho por la calle sin prestar atención a nada; y dicen que de joven caminaba leyendo y escribiendo poemas. Era casi una crónica de una muerte anunciada, por parafrasear a García Márquez. Dentro del infrarrealismo hubo poetas de gran valía literaria, probablemente con Mario Santiago a la cabeza. Y, al fin y al cabo, Bolaño fue un infrarrealista. Podemos discutir si fue un gran poeta, pero fue sin duda un grandísimo escritor, y la experiencia infrarrealista fue parte de lo que lo convirtió en eso.

Los años de Girona

Tu libro me despertó mucha curiosidad por una etapa intermedia, un poco oscura: después de asentarse en España y de unos años bohemios, pero antes de conocer a su esposa y de volverse un escritor famoso. Estaba aislado, frustrado, ya no tan joven. ¿Qué pasó en esos años?

Ya desde que llega a Barcelona, en 1977, le frustra no poder publicar: solo tiene un poemario, editado en México por Juan Pascoe, que le da largas cuando le pide publicar algo más. Aun así, creo que esos primeros años todavía no estaba angustiado —sabremos si es cierto el día que sus diarios sean accesibles a los investigadores—. Vivía la literatura como un derroche, él mismo lo escribió así, y, como casi todos los poetas, no aspiraba a vivir de ella.

Eso cambia cuando empieza a tomarse en serio la prosa y, entre 1980 y 1981, se muda a Girona. Ahí el Bolaño que quiere ser escritor y no triunfa toca fondo; flirtea con la depresión, y se nota en Prosa del otoño en Gerona, escrito por alguien en los bajos fondos de su ánimo. En Barcelona tenía una red: amigos como Bruno Montané o Antoni Porta, con quien escribiría su primera novela, y el camping de Castelldefels, donde hablaba con cualquiera que se parara delante de la cancela. A Girona llega con la idea de estirar los ahorros, encerrarse a leer y escribir, y escribir algo que cambie su suerte. Pasan los años y eso no ocurre.

Ahí fue muy importante la correspondencia con Enrique Lihn, un intelectual chileno consagrado al que Bolaño admiraba profundamente. Le escribe desde Girona con muy pocas expectativas, pero Lihn no solo le contesta: inician un epistolario muy rico y muy generoso por parte de Lihn, que anima a ese escritor perdido en una provincia española a seguir escribiendo, pese a su absoluto fracaso a la hora de publicar. Esa correspondencia, además de conocer a su esposa, es lo que lo saca a flote y le permite dedicarse a la literatura con el tesón con el que se dedicó.

El orden de las cosas

¿Qué habría pasado si Bolaño hubiera tenido éxito de joven, siendo todavía poeta, sin pasar por esos años oscuros? ¿Sería otra obra, quizás una menor?

Aunque sea una mera hipótesis, creo que su obra habría sido mucho menos rica y muy distinta. Lo ha dicho también su amigo Enrique Vila-Matas: como Bolaño estuvo en los márgenes, pudo permitirse hacer lo que quería. Formar parte del establishment tiene cosas muy buenas —te leen más, tienes mejor prensa—, pero también te da una vida más constreñida, con más limitaciones. Él tenía una libertad prácticamente absoluta, porque a veces escribía sin saber si le iban a publicar. Eso le permitía arriesgar más.

Hay que sumar, además, que le diagnosticaron muy pronto una enfermedad terminal. Vivió con ella más o menos una década, pero cuando se la diagnosticaron no sabía cuánto iba a vivir, y en varios momentos se sintió al borde de la muerte. Todos sabemos que tenemos los días contados, pero no nos gusta reconocerlo; cuando uno lo siente de una forma mucho más palpable, como le ocurrió a Bolaño, puede arriesgar más que otra persona. Así que creo que el orden en que se dieron las cosas influyó enormemente en cómo arriesgó, en cómo se desarrolló su obra y en cómo se atrevió a escribir novelas tan inclasificables y tan distintas de lo que se escribía entonces en la literatura hispanoamericana como Los detectives salvajes o 2666.

Roberto Bolaño fumando en un balcón

De la poesía a la novela

¿Su paso de la poesía a la novela refleja un cambio más amplio? En Chile, Gabriela Mistral y Pablo Neruda eran figuras titánicas, que trascendían por completo la comunidad literaria; hoy los escritores más conocidos son novelistas, y los talleres de poesía, que aparecen una y otra vez en la vida de Bolaño, tienen mucho menos peso.

En parte, sí: el papel de la poesía ha cambiado, igual que el del intelectual en la sociedad. Pero en Bolaño hay otros factores. Empieza los setenta escribiendo sobre todo teatro, y en algún momento quema todas esas obras —unas setecientas páginas, según Bruno Montané— para simbolizar su paso a la poesía. Entonces vive rodeado de poetas: los infrarrealistas eran, al fin y al cabo, un grupo de amigos que iban juntos al cine, a recitales, a charlar un viernes por la noche.

En España su vida se vuelve más solitaria. En la cancela del camping lee poesía, pero también novela, y se hace amigo de novelistas como Antoni Porta. Eso lo lleva a experimentar con la forma, y donde mejor se ve es en Amberes, que se publicó como novela, pero que en algún momento también se publicó como poema: una narrativa antipoética, en la línea de Nicanor Parra, o de cómo Bolaño intentó imitarlo.

Sus editores, y mucha otra gente, trataron luego de vender que se pasó a la novela porque se estaba muriendo y necesitaba ingresos, o porque a comienzos de los noventa había nacido su hijo, Lautaro. Pero ya en 1977 le escribe a Carlos Edmundo de Ory que quiere escribir una novela, aunque le parece una tarea agotadora: seis meses escribiendo trescientas cuartillas y otros seis corrigiéndolas. Fue una conjunción de factores. Bolaño transitó del drama a la poesía y de la poesía a la narrativa, y nunca dejó de escribir poemas, aunque no es por ellos por lo que destacó.

El regreso a Chile

Después llega el éxito: novelas, premios, traducciones. En su segunda visita a Chile, en los noventa, dio dos entrevistas que acá son muy famosas: una con Cristián Warnken, en La belleza de pensar, y otra con Pedro Lemebel, en la radio. ¿Qué sentía Bolaño por Chile al volver ya como escritor consagrado?

Es difícil saberlo, y cualquier respuesta es un poco especulativa. Lo que me imagino es que Bolaño fue una persona bastante iconoclasta, a veces beligerante y, como Juan Villoro dijo de todos los infrarrealistas, bastante dinamitera. Durante los años sin éxito, viviendo en los márgenes, era normal que modulara esa actitud dinamitera y vocinglera de su época infrarrealista: uno hace locuras en la juventud y, al llegar a la edad adulta, las modera un poco. Pero creo que el éxito le dio un nuevo impulso y le permitió volver a ser él mismo.

Aquí me interesa una idea del crítico español Ignacio Echevarría, que se hizo amigo de Bolaño y era —sigue siendo— un crítico muy prominente en España. Igual que Bolaño se metió a sí mismo en Los detectives salvajes como Arturo Belano, y a Bruno Montané como Felipe Müller, a Echevarría lo metió como Iñaki Echavarne.

Como buen Iñaki —no somos tantos, al menos en Latinoamérica—, ese nombre me llamó la atención desde la primera lectura. Y además, la escena con Iñaki Echavarne es demasiado divertida, la del duelo de espadas.

Es la escena más divertida del libro. Echevarría cuenta que la primera vez que leyó ese capítulo dijo: «Esto no es verosímil». Quizás tenía razón, pero, si era el caso, viva la falta de verosimilitud. La idea suya que me interesa es otra, y creo que es completamente cierta: si Bolaño hubiera vivido un poco más, habría exacerbado su vena gamberra. Esa vena dinamitera, que lo había caracterizado como infrarrealista, siempre estuvo latente. Muchas veces salió a la luz, pero también estuvo reprimida, por razones obvias: la falta de éxito, la vida en los márgenes. Si hubiera vivido más, habría sido una parte aún más importante de su personalidad.

Cuando Bolaño vuelve a Chile —en su segundo y, hasta donde se sabe, último viaje, aunque a veces circulan rumores de que volvió una vez más o de que pensaba volver—, ya es un escritor consagrado, con premios como el Herralde o el Rómulo Gallegos. Ese éxito le permitió cuidar menos las formas y dejarse llevar por el lado más dinamitero de su personalidad. Ahí está la entrevista con Lemebel, pero también otros incidentes con miembros del establishment cultural chileno que muy probablemente un Bolaño de comienzos de los noventa, cuando todavía intentaba entrar en una buena editorial, no se habría permitido. Se dejó llevar por el éxito, sí, pero también por una personalidad que ya había sido así en su juventud.

El misterio de 2666

Hay una pregunta que me hago desde hace años. 2666, una de sus últimas novelas, quedó incompleta, y aun así se publicó y es para muchos su obra maestra. ¿Cuál es la parte incompleta? ¿La de los crímenes?

Quizás nadie pueda responderlo con certeza. Quien mejor puede hacerlo es probablemente Ignacio Echevarría: era amigo de Bolaño y, cuando Bolaño muere, su viuda, Carolina López, le encarga revisar lo que había en su ordenador, donde desde los noventa escribía casi todo. Ahí Echevarría encontró, entre otras cosas, los cinco tomos que componen 2666, y además editó el libro póstumamente. Él ha dicho muchas veces que lo que no estaba terminado era el final, es decir, el último de los cinco tomos.

Pero yo también he escuchado a una persona muy cercana a Bolaño decir que lo inacabado era la parte de los crímenes, donde Bolaño relata, con una minuciosidad de corte forense, los asesinatos cometidos en la ciudad ficticia de Santa Teresa, trasunto de Ciudad Juárez. Muchos de los feminicidios que describe son feminicidios reales ocurridos en Ciudad Juárez. Según lo que escuché, quería seguir añadiendo crímenes a esa parte, pese a que ya es difícil de leer y exhaustiva a más no poder —un crimen tras otro, tras otro, tras otro, con sus detalles más morbosos y truculentos—, como una forma de mostrar de verdad el horror de esos feminicidios.

Así que hay dos versiones: que lo inacabado era el final, o que era la parte de los crímenes. Es posible que ambas sean ciertas, o que ninguna de las dos partes estuviera plenamente acabada. Lo innegable es que 2666, aunque no pudo beneficiarse de una edición a cargo del propio autor, es una novela descomunal y originalísima, una de las grandes obras de la literatura en español de las últimas décadas.

Siempre pensé que la parte de Archimboldi era la más acabada, quizás la primera que escribió, y que la de los crímenes era la que no alcanzó a terminar. Pero la novela termina casi en cliffhanger, con Archimboldi llegando a México. ¿Podría haber habido algo más?

Puede ser, pero también es un final abierto que calza muy bien con cosas que Bolaño hizo en otras novelas, y quizás esa era su intención. Ojalá algún día, cuando se abra su archivo privado, encontremos más información. Siempre es interesante conocer los entresijos del proceso de creación de un autor.

El legado

Después de su muerte, la leyenda de Bolaño no ha dejado de crecer. Este año se estrena Guerra de verano, la película de Alicia Scherson basada en El Tercer Reich, y en enero vi Desierto, una obra de teatro brasileña sobre él. ¿Qué ha pasado con Bolaño desde su muerte?

Para mí es indudable que ha entrado en el canon; sería absurdo negarlo. En estudios académicos —y no hablo de escritores recientes, sino de toda la historia de la literatura—, pocos autores han recibido tanta atención. El profesor David Damrosch, de la Universidad de Harvard, habla de cinco autores «hipercanónicos» por la atención académica que han recibido: Proust, Borges, Virginia Woolf, James Joyce y Kafka. Y justo detrás, en su listado, están García Márquez, Roberto Bolaño y Marguerite Duras. A nivel académico, Bolaño es uno de los autores más estudiados de la historia de la literatura.

Y si uno mira ya no lo académico, sino lo popular —los libros que la gente lee y recomienda, los que se cuelan en todos los listados de mejores libros del último siglo, en español, del siglo XXI o de lo que uno quiera—, siempre hay libros de Bolaño. Hay una clasificación que combina cientos de listas elaboradas por lectores, críticos y periodistas culturales, y el único autor en español de los últimos cuarenta años que tiene dos novelas en ella es Bolaño, con 2666 y Los detectives salvajes. Y —muy a pesar de Bolaño, y esto me parece una coincidencia muy divertida— la única otra autora de esas décadas que aparece también es chilena: Isabel Allende, con La casa de los espíritus. Habla muy bien de la calidad de la literatura chilena, más allá de los premios Nobel de Gabriela Mistral y Pablo Neruda.

Hace poco Bruno Montané me contó que salió una edición de Los detectives salvajes en China que en apenas unas semanas vendió más de cien mil ejemplares. Me parece alucinante, y muy representativo del interés que sigue despertando su obra. Bolaño ha pasado al canon, y aunque algún día se lea menos que un autor contemporáneo, como ocurre con tantos autores canónicos, va a permanecer con nosotros.

Me llama la atención lo popular que es entre los jóvenes. En un festival chileno de bandas independientes vi una que se llama Detectives Salvajes, y otra, teodioteodio, cuya canción más conocida, «Lejos de México», musicaliza un poema de Bolaño. Tú lo describes como «el mejor escritor de su país, de su continente y de su lengua». ¿Por qué conecta tanto con los lectores jóvenes?

Yo soy de una generación bisagra. Cuando me estaba formando como lector y como escritor, la novela de referencia para un joven era Rayuela, de Cortázar. Cuando a Bolaño le preguntaron por los cinco libros que más lo habían influido, habló de Moby Dick, de La conjura de los necios, del Quijote, de Rayuela y de «toda la obra de Borges», que no es un libro, pero que incluyó como uno de sus cinco pilares. Rayuela fue muy importante para Bolaño, y también me marcó mucho a mí. Pero creo —y no soy el primero en decirlo— que Los detectives salvajes cumplió para las generaciones posteriores el papel que Rayuela tuvo para la anterior. Es un libro de un romanticismo, una calidad literaria y un interés innegables.

Hay una anécdota que puede parecer tonta, pero que para mí lo dice todo. Cuando fui a Blanes a hablar con gente que conoció a Bolaño en los casi veinte años que vivió allí, uno de ellos era el gerente de una tienda de juegos de mesa que a Bolaño le gustaba mucho. Y me decía: «Aquí he visto llegar tantas veces a chicos de Nueva Zelanda con una mochila y nada más, pero una mochila en la que llevan un ejemplar raído de Los detectives salvajes. Chicos de Australia, de China y, obviamente, de América Latina». Eso muestra muy bien las emociones que la obra de Bolaño consigue despertar en sus lectores.

Póster de la película Guerra de verano
La Guerra de Verano (2026), basada en la novela El Tercer Reich.